
Si por esas cuestiones de la vida uno anda de viaje en Lisboa, en Nueva York o en Londres, quizás un buen plan nocturno sea asistir a una cena clandestina, en la que solo se puede reservar 24 horas antes por redes sociales. Nadie conoce la ubicación y, menos, el menú que se ofrece. Es un festín a ciegas y en inglés, de doce comensales, que ya forma parte del circuito underground de esas ciudades, muy lejos del radar clásico de un viajero.
Y aunque las cenas clandestinas ya están consolidadas en esas grandes ciudades, todo partió con ideas tan personales como Loft Project, del chef portugués Nuno Mendes, con sus veladas de vanguardia en el patio de su casa londinense, o como Gingerline, unos eventos efímeros en las líneas del metro de esa misma urbe, con aderezos de diseño y arte.
Todos ellos –y otros que se sumaron después– impusieron una tendencia gastronómica en la que lo único seguro es la buena comida. Todo lo demás constituye una sorpresa. Algo de sentido nómada que se burla de los manteles y de una carta fija de un restaurante clásico.
Estos sitios volátiles o pop up están regados por todo el planeta y tienen denominadores comunes. El primero: muchos chefs se cansaron del trabajo tosco y las condiciones económicas desfavorables de la industria. Se aburrieron también de los impuestos, del arriendo y de los desprendibles de nómina. Por eso se inventaron algo menos riesgoso. “En tiempos de crisis hay que reinventarse y ofrecer productos distintos. La gente necesita ahora más que nunca hacer cosas nuevas”, dijo en una entrevista a Vogue la chef Marianne Kraus, creadora de The Supper Club en Barcelona.

Aunque nadie sabe el menú con antelación, se puede llevar una gran sorpresa.
Otro estatuto de esta filosofía es que responde a una vocación digital, en tiempos en que Instagram y Facebook son los reyes de la promoción. En la movida bogotana, los chefs ofrecen sus cenas por internet y se sienten más libres. Desde ahí proponen un concepto fresco y rápido, un menú que no tiene amarras, una invitación a lo desconocido que solo dura una vez. “Casi nunca tenemos la libertad de crear tantas ideas y llevarlas a cabo cada ocho días”, dice el chef colombiano Juan David Acosta, uno de los abanderados de estas cenas en Bogotá.
Es poco probable que se pueda conocer el menú con antelación. La idea consiste en llevarse una grata sorpresa. ¿Dónde? Algo interesante es que los sitios escogidos van desde la casa del chef o de uno de sus amigos, hasta escenarios curiosos como la terraza de un edificio del centro, una bodega abandonada, una galería de arte o una finca a las afueras de Bogotá.

